EL GUARDIÁN DEL HIELO

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo.
Ayer falleció el poeta peruano José Watanabe, un ser excepcional a quien tuve el privilegio conocer personalmente y hacerme su amigo (esta afirmación puede resultar atrevida desde cierto punto, pero siempre que lo encontraba me trataba como tal). Como pocos, era poseedor de esa razón desconcertante que lo abarcaba todo en unas pocas -y sencillas- palabras. La última vez que conversamos coincidimos en la necesidad de ensanchar la razón para encontrarnos con la realidad, a propósito de la lectura de la entrevista a un famoso matemático francés (al poeta le encantaban la física y las matemáticas), en la revista católica Huellas que le invité a hojear. Educar es ayudar a los jóvenes a entrar en su propia humanidad:
Hoy en día la escuela debilita la confianza en uno mismo. Piense que ahora se instituyen seminarios de filosofía para niños, dicen que para que «aprendan a buscar». Pero, ¿cómo puede buscar algo un individuo si no está seguro de nada?
Me decía que era agnóstico pero yo no le creía. Bastaba leer su poesía para darse cuenta de esa inquietud y perplejidad ante el misterio. La poesía es metafísica:

LOS GORRIONES

El trinar de los gorriones entró por la ventana abierta,
pero yo desperté lleno de brumas: casi hasta el amanecer
busqué palabras sin provecho de belleza.
Los gorriones cantan una cascada
de notas rápidas y precisas.
Ellos ya resolvieron su problema
y cantan por oficio de sus cuerpos,
pero no los veo entre las espesas ramas del ficus.
Quizá ya se fueron,
quizá ya no existen gorriones en el mundo
y ahora el canto que persiste
es el gorrión verdadero, la dulce materia
de los gorriones que se extinguieron.

Y pregunto con solidaridad de insomne: ¿cuántos
buscaron
anoche
con agónico deseo
otras palabras
o un movimiento nuevo del cuerpo en la danza
o una melodía arrancada del inviolable silencio
de las estrellas
o un trazo de pincel
que dibuje el universo entero como quería Utamaro?

Acaso sea muy pronto para lograrlo, acaso,
aún somos muy densos.
Mientras tanto
balbuceamos, pergueñamos,
pero nadie podrá decir que no intentamos
llenar la sima de nuestra angustia.

Algún día, Dios mío, alcanzaremos a decirte
de qué materia estamos hecho.
Hasta siempre, maestro.

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1 comentario:

  1. querido Ratón! no lo conocía, pero me encantó leerlo.

    Lo siento!

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